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Capítulo 47: La respuesta

Tan pronto como los hombres regresaron al hogar, Gaudenzia interceptó a Massimo en la puerta.

—Ha sido convocado por la Madre Superiora en su despacho, Sr. Massimo.

—De acuerdo —contestó a la monja para luego dirigirse al invitado de Delilah—. Si me disculpa, Sr. Francomagaro.

El muchacho caminó tranquilamente hacia la oficina de la abadesa y al abrir la puerta, halló a Delilah frente al escritorio de la mujer.

Immacolata estaba en su silla, acompañada de Fátima, que se encontraba de pie a su lado.

Las tres tenían las manos juntas sobre su regazo y le contemplaban con los ojos bien abiertos.

—¿Me harían el favor de sentarse, ambos? —Immacolata señaló las sillas delante de la mesa. Delilah obedeció, pero Massimo no se inmutó. Después de un momento, la mujer se dio por vencida y comenzó a hablar—. Fátima les ha visto.

Delilah parpadeó lentamente, como si intentara mantener los ojos cerrados debido a la vergüenza.

—¿Haciendo qué? —cuestionó Massimo sin rodeos, casi admitiendo la culpa.

Immacolata le dio un vistazo a la joven monja para que hablara.

—Les he visto y escuchado —admitió tímidamente y sin levantar la mirada del suelo—. Se confesaban su amor y se abrazaban. También me pareció ver que se besaban.

Ninguno de los dos respondió ante la acusación.

—Gracias, Fátima, ya puedes retirarte —le indicó la Madre Superiora. La monja asintió antes de marcharse—. ¿Es cierto lo que dice la muchacha?

Hubo más silencio.

—Sí —admitió Massimo al mismo tiempo en el que Delilah decía que no.

—¿Sí o no?

—Madre Superiora, ha sido un error. Le juro que jamás ha sucedido antes ni volverá a suceder —las palabras salieron a borbotones de la boca de Delilah.

La abadesa respiró profundo, tal como si intentara apaciguar su temperamento.

—Escuchen, muchachos —comenzó a decir mientras se levantaba de su asiento con sus manos apoyadas contra la mesa—. Aún son jóvenes. Y libres. Saben que son libres, ¿verdad? Nadie les está obligando a llevar una vida religiosa, mucho menos a ser un sacerdote ni una novicia. Están a tiempo de dejar los hábitos y prometo que no diré nada a ninguna autoridad. Si se aman, no hay nada que les impida estar juntos, salvo ustedes mismos.

Nadie dijo una sola palabra durante un extenso momento.

Muy despacio, Delilah se retiró la cofia, colocándola sobre la mesa.

—Aún no he hecho mis votos permanentes, no es un problema para mí dejar el hábito. No obstante, le ruego que permita que Massimo continúe siendo un cura. Yo le prometo, Madre, que jamás volveré a estar cerca de él. Sólo no le despoje de su vocación.

Immacolata se volvió para ver al muchacho, quien había cruzado los brazos sobre su pecho.

Lo que ninguna de las dos se esperaba era que comenzara a quitarse el cuello clerical.

—Renuncio, Madre Superiora —dijo en tono firme—. No se preocupe, hablaré con el obispo para que me destituya de cualquier cargo y confesaré todos mis pecados.

Massimo hizo amago de marcharse, pero Delilah se puso en pie, colocando las manos sobre su pecho para detenerlo.

—No hagas una locura, Massimo —lo reprendió—. Has hecho votos permanentes. ¿Realmente quieres dejar atrás todo lo que has logrado? ¿Quieres romper una promesa que has hecho con Dios? Por favor, no renuncies, hazlo por mí —cuando él la ignoró para abandonar el despacho, la joven le agarró del brazo—. Escúchame, Massimo, por favor. Debes pensar esto con cabeza fría.

Decidido, se zafó con suavidad de la sujeción de su amiga y siguió caminando para dejar el lugar. Delilah le perseguía con prisa para hacerlo entrar en razón.

Cuando Massimo llegó al salón, observó lo inevitable.

Su amiga fue la siguiente en aparecer, sólo para darse cuenta de lo mismo que acababa de dejarlo petrificado en su lugar.

El primo de Delilah tenía una rodilla hincada en el suelo y sostenía un pequeño cofre abierto con un anillo dentro que brillaba desde la distancia.

Todos estaban reunidos ahí, como si hubieran planificado esa situación. Las monjas, las niñas… aguardaban a espaldas de Giacomo, impacientes por escuchar la pregunta.

—¿Te casarías conmigo, Delilah Nontigiova?

Confusa, la joven observó a su alrededor. No sabía qué hacer, qué decir. Estaba congelada mientras todos esperaban por su respuesta.

El silencio se extendió tanto tiempo que los susurros empezaron a escucharse como siseos. Todas especulando si la respuesta sería un no, si dejaría el noviciado, si estaba enamorada de Massimo…

Giacomo tragó saliva. Había entendido que tal vez se había precipitado.

—Delilah —dio varios pasos adelante para aproximarse y coger su mano—. Quizá pienses que esto es una locura, o precipitado, pero cuando te hablé de regresar a tu casa con más poder, me refería a que te casaras conmigo. Nadie podrá decirte que eres menos si eres… mi esposa.

—Entonces quieres una alianza por poder —masculló ella luego de una pausa.

—No, no —su primo sacudió la cabeza—. No me malinterpretes, Delilah. Desde que te fuiste de casa te he extrañado infinitamente, no he hecho otra cosa que pensar en ti. Y es que desde que apareciste en mi vida sentí como si un huracán hubiese llegado para arrebatarme todo lo que conocía y creía que era cierto, pero al mismo tiempo para abrirme los ojos. Aunque te parezca increíble, no soy el mismo que conociste el primer día que nos vimos. Me cambiaste. Y me di cuenta de que… me enamoré de ti.

Suspiros románticos se escaparon de las bocas de las pequeñas, que apenas con ver a Giacomo ya sentían que estaban perdidas de amor por él.

El siguiente paso atrás que dio Delilah no fue buena señal. Hizo que todos se callaran de golpe.

—No quiero regresar a ese lugar jamás.

—Escucha, no tienes que casarte conmigo ahora, Delilah —siguió explicando el joven—. Si tienes miedo de regresar, lo entiendo. Lo único que te propongo es un compromiso. Solamente eso. Pronto iré a estudiar por varios años la carrera militar y cuando termine, vendré a buscarte. Puedes arrepentirte en todo ese tiempo, si ése fuera tu deseo. Puedes romper el compromiso, puedes quedarte aquí e incluso terminar con tu noviciado pero, por favor, no me rechaces. Esperaré por ti el tiempo que sea necesario. Sólo dime que sí.

La joven, todavía sosteniendo la mano de su primo, giró levemente su cabeza hasta hallar a Massimo con la mirada.

Él observaba estoico, con los ojos vidriosos y la boca firme en una línea recta. Sus manos eran puños.

—Te daré una respuesta mañana —dijo finalmente Delilah—. Tendrás una respuesta antes de irte.

El silencio hacía que los pensamientos de Delilah fueran ensordecedores.

Massimo atravesó el salón, caminando con pasos firmes y veloces hasta retirarse del lugar.

*****

—Madre Superiora —Massimo abrió la puerta del despacho de la abadesa tarde en la noche—. He venido a informarle que a partir de este momento, dejaré de impartirles clases a las niñas.

—¿A qué se debe la decisión, Massimo? —cuestionó la mujer curiosamente—. ¿Dejarás los hábitos?

Él negó débilmente con la cabeza.

—Iré al pueblo a pedirle al padre Flavio que me envíe a alguna misión lejos de aquí. Lo lamento mucho, pero no regresaré.

—¿Estás seguro de que no quieres esperar a escuchar la respuesta de Delilah?

—No quiero influir en sus decisiones —extrajo un sobre de su bolsillo—. Entréguele esto de mi parte.

*****

No era difícil intuir que Delilah no había dormido en toda la noche.

Al amanecer, se encontraba tendida en su cama, con el cabello despeinado de tanto moverse y el rostro hinchado de haber llorado.

Las monjas, que habían comenzado a despertar en el dormitorio, querían preguntarle cuál era su veredicto final. No obstante, no se atrevieron.

Ella lo tenía decidido.

Todavía con lágrimas secas sobre las mejillas, usando su camisón de dormir, con los pies descalzos y envuelta en una sábana, corrió hacia la puerta trasera del hogar para no llamar la atención al salir.

Aún había una gélida neblina diurna cuando se dirigió apresuradamente a la casa parroquial. Los pájaros avisaban que el sol estaba empezando a despuntar tras las montañas y sus pies se helaban debido al húmedo césped.

Llamó a la puerta, golpeándola con fuerza.

—¡Massimo! ¡Massimo!

Fue un monje el que abrió después de un rato. El hombre era bastante anciano.

—¿Qué hace aquí, señorita?

—Vengo a ver al padre Massimo.

El señor sacudió la cabeza despacio.

—Se ha ido al anochecer. Se llevó todas sus pertenencias.

—¿A dónde se ha ido?

—No lo sé, jovencita. Creo que ha tomado una misión.

—¿Una misión? ¿Pero qué misión?

—Por favor, niña, le pido que se retire. Varios de nosotros estamos haciendo votos de silencio y no queremos ser perturbados.

—No puede ser verdad —se quejó ella, golpeando su propia pierna con una de sus manos antes de echar a correr al hogar—. ¡Madre Superiora! ¡Madre Superiora! —gritó, atravesando el portal de la entrada.

—¡Delilah! —se quejó Immacolata al verla llegar envuelta en una manta, usando nada más que un camisón de dormir. La mujer se cubrió el oído con los dedos para aplacar los alaridos de la muchacha—. Por favor, es muy temprano para hacer todo este escándalo.

Había angustia en la mirada de la muchacha.

—Por favor, dígame que no le ha obligado a marcharse. Por favor.

La abadesa la observó compasivamente.

—No he sido yo, Delilah. Se ha ido por su propia voluntad. Y quiere que sepas que seguirá el camino religioso.