Las voces del silencio
Hay una clase de oscuridad que no se ve venir.
No es la de los callejones sin iluminación, ni de las habitaciones donde alguien yace plácidamente dormido; esa oscuridad se combate con un interruptor, con un paso al costado, con la decisión firme de no meterse donde la noche se vuelve espesa sin razón.
La oscuridad de la que hablo es más traicionera porque entra disfrazada de empatía, de una mano que te da una palmadita en el hombro en el momento justo, de un silencio que no asusta, sino que acompaña, de una voz que susurra: "Yo te cuido", mientras que detrás de esas palabras se cierra una puerta de la que no podrás escapar.
El lector que lea esta novela por primera vez suele pensar que sabe dónde está parado.
Cree reconocer el terreno porque ha leído otras historias con personajes de ojos profundos y costumbres peligrosas, con mujeres que tropiezan y hombres que las sostienen antes de caer, con promesas de que el dolor es temporal y el amor, al final, siempre encuentra la manera de prevalecer.
Esa creencia es hermosa, pero también es un arma, porque la traición más dolorosa no es la evidente, sino la que empieza con uno mismo, en la propia cama, entre sábanas que ya conoces, mientras alguien te mira y tú solo sonríes sin saber que ya es muy tarde para correr.
No voy a decirte qué pasa en estas páginas, porque eso sería como explicarte una pesadilla antes de que la tengas, como contarte el final de una película que aún no se ha filmado, y arruinar así la única forma honesta de mirar: sin advertencias y sin la certeza de que al terminar esta novela vas a encontrar un final feliz o al menos uno que no deje cicatriz.
Lo único que te pido, si decides continuar leyendo, es que no confíes en tu propia incomodidad. A veces el cuerpo sabe antes que la cabeza; y uno sigue adelante, porque eso es lo que hacemos, seguir, ignorar las señales que no queremos leer, convencernos de que la próxima página será distinta, que el horror que presenciamos no puede ser tan grande como nuestra necesidad de saber cómo termina.
Pero termina.
Siempre termina.
Y no será bonito.
Pero eso ya lo sabías, supongo, porque si buscabas algo bonito, no habrías llegado hasta acá, con la incertidumbre y esa curiosidad que duele en lo profundo; porque hay novelas que se leen con el cuerpo entero, con las rodillas pegadas al pecho, con la respiración contenida, con las uñas mordidas con violencia, porque algo que está pasando en esa página es como si te estuviera pasando a ti también, y de algún modo ya no puedes soltarlo, aunque quieras.
Esta es una de esas novelas.
Así que respira hondo.
Pasa la página.
Y no digas que no te avisé, porque esto es lo más retorcido que leerás en tu vida.