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El aura de Lucsus

** En el estadio**

El número 6 evaluaba con paciencia todo a su alrededor.

—Señor Shelwood, déjeme encargarme a mí del número 8. ¡De seguro tiene potencial! —dijo.

William Shelwood respondió:

—Mmm, está bien.

La posición del 3, 4 y 5 cambió, pensó el número 6. Están planeando algo, y no ha de ser bueno.

—Lucsus, ¿te llamabas, no? Número 8 —dijo el número 6.

—¡Ah! Así es, ¿y usted? —respondió Lucsus.

—Miguel me llamo.

—Mmm, ¡ok! —dijo Lucsus.

Miguel continuó:

—No hagas caso de lo que te dicen. No te apegués a su estrategia.

—Pero dijeron que si cambian de posición, que ataque la defensa, que somos nosotros, para así poder asegurar que a nadie le partan los huesos —respondió Lucsus.

—¡Aaaah! ¡Pero qué inocente eres! Acá todo el mundo va por su cuenta.

—Entonces, ¿qué puedo hacer? —preguntó Lucsus con rigidez.

Miguel se acercó.

—Para empezar, debes aprender la forma de hacer las cosas. Debes desarrollar algo de malicia y, por encima de todo, demostrar que puedes, que eres 100% confiable, aunque no sea verdad.

En este mundo, bajo la envidia abunda. Nadie quiere ver que alguien se supere, por ende, debes ser ya el mejor.

Lucsus asintió con una expresión de determinación.

Miguel continuó:

—Estoy viendo que apenas te estás acostumbrando al uniforme. Como sabrás, se adhiere firmemente al cuerpo; sin embargo, su densidad sigue siendo la misma, con excepción del portador, o sea, el individuo que la lleva puesta, en este caso, nosotros 8.

La masa nos afecta completamente: los 50 kg que ya son 55 kg. Sin embargo, si recubres tu cuerpo de energía cuya densidad sea mayor que la de la tela, esto reducirá el peso enormemente. ¡Es solo técnica!

El ejemplo es Shelwood o el segundo participante. Ambos son elementalistas de madera que provienen de un clan que es afín a la madera. Aunque la habilidad "Masa Destrucción" es única en Shelwood, ambos poseen energía del árbol sagrado de su clan de nacimiento, el gran árbol ébano. Esto quiere decir que el peso les afecta menos.

—¿Y por qué me asfixian con sus comentarios si ya se les hace fácil? O mejor dicho, ¿todavía no me han explicado? —preguntó Lucsus.

—¡Hay, eres muy tierno! La gente es mala, Lucsus —respondió Miguel.

—Entonces, ¿a qué energía, elemento, etc., eres afín? ¿O no sabes cómo utilizarla? Es sencillo: solo siente la energía. Escucha tu mente y cuerpo, y da todo de ti. ¡Muestra que puedes!

Lucsus sintió algo abrasador en el cuerpo. Su pecho lo apretaba y lo hacía temblar.

—¡Tienes razón! —exclamó.

—¡Haber! Debo analizar lo que me ha dicho. No puedo controlar ninguna de las 4 fuerzas ni sus dominios sino es mediante las emociones y mecanismos. Hay una emoción y un sentimiento que claramente siento en este momento: impotencia de sentir que no puedo hacer nada. Y hay algo más.

Lucsus recordaba aquella tarde en donde sonaba una música, sí, una que no recordaba, puesto que en el valle de hinon su figura materna discutía con su pareja, . Se estaban insultando, algo bastante común; sin embargo, no importa lo mucho que lo hacían, el corazón de Lucsus no se acostumbraba a ese ambiente.

Él estaba de pie frente a ellos y al lado su hermano. Nadie podía saber a esa edad (7 años) cómo responder a dicha situación. Como dije antes, esto pasaba constantemente, pero por alguna razón, esto Lucsus lo recuerda como uno de los peores recuerdos.

Su madre, llorando consumida por el alcohol, se agachó y abrazó a ambos hermanos.

—Lucsus sintió que ese abrazo no era común, sino uno de una persona que se aferraba con fuerzas a la vida.

Sí, allí surgió un sentimiento de impotencia en Lucsus. En ese momento, pensó: "Siento que no puedo ahora mismo, pero en un futuro cercano sé que..."

Lucsus volvió en sí mismo.

—No cumplí con lo prometido, y creo que en un futuro lejano no podré, puesto que ni siquiera sé qué ha sido de esa figura, ni tampoco si necesita ayuda.

Por más que me esfuerce, aunque la encuentre. Y aunque estuviera allí, por más que quiera extender la mano, solo las personas deciden si la alcanzan. Y creo que no la alcanzo.

Todo esto ya lo sé, pero ese sentimiento de impotencia no se borra. Este es el momento de sacar todo el disgusto que siento por mí.

Las venas de Lucsus comenzaron a tensarse, y su mundo espiritual comenzó a moverse más lento. Allí dentro, Lucsus se miró de pequeño. Así es, su yo niño es el disgustado con él, y su yo adulto sigue disgustado, pero por otros motivos. Sin embargo, Lucsus vio a su yo niño a los ojos y dijo:

—Aunque no pudiste hacer nada por esa y muchas mas figuras, y quizás no podrás en el futuro, te invito a que vivamos en un mundo de dolor y sufrimiento, en donde pagaremos todas y cada una de nuestras carencias. ¡Te necesito conmigo!

El niño lloró, apretando los dientes.

—¡Ni siquiera pude hacer nada! No hice nada ni por mi, ni en lo económico, ni emocional. No pude ser ni mi apoyo, y lo que más me duele es que casi todos eligen el tipo de vida que llevan.

No es como estaba en mi cabeza. Yo no puedo ni podré ayudar.¿Por qué? ¿Por qué? Entonces, si no puedo hacer nada, ¡asumiremos la culpa de todo!

Lucsus, con los ojos brillosos, se rió y le dio la mano.

—Esa es una característica muy marcada en nosotros. Espero que llegue el día en donde ya no nos sintamos así.

¡Boooommm! El mundo espiritual de Lucsus se rompió, se distorsionó, y una estrella nueva surgió, negra, apenas perceptible, pero con una presión indescriptible, le habló:

—Aún no puedes cargar con la culpa de todo, pero puedes sacar todo ese disgusto hacia ti para terminar odiándote o tal vez logres vivir sabiendo que si existe un culpable.

Lucsus sonrió.

—Si existe una deidad universal, ¿él sería el culpable? La respuesta seguiría siendo no. Pero la culpa existe, y si debo atribuirla a alguien, sería a todos por igual.

—¡Jajajja! —La estrella rió—. Eres muy inocente. Sin duda alguna, eres un caso inusual dentro de este mundo. Yo soy lo que tu llamas la fuerza fuerte, y te permito que te motives con el dolor.

Tu disgusto hacia ti aumentará la densidad de todas tus emociones. En otras palabras, tu dolor será aumentado. Con el frío, será como si se te quebraran los huesos, y como si te explotaran las hernias de tanto esfuerzo.

Tu cuerpo estará impregnado de la energía fuerte, quien te protegerá de que eso no suceda tan simplemente. En esta realidad de sufrimiento y dolor que sentirás muchas veces más, ese será el precio.

Lucsus volvió, y Miguel estaba de frente observándolo. Para todos los espectadores, Lucsus cerró los ojos por no más de 5 segundos.

Olores, personas, impotencia surgía. Él vio atentamente cómo el 3, 4 y 5 se movían, y nadie tenía su mirada en ellos. William Shelwood también se dio cuenta de esto e hizo una mueca para luego ir en la misma dirección que ellos.

—¡Hey! ¡No me abandonen! —decía el número 2 con desesperación.

La audiencia gritaba:

—¡Quiebrenlo! ¡Quiebrenlo!

—¡No! ¡Malditos locos! —gritaba el número 2.

Lucsus despejó su disgusto, y una emoción más surgió. No sabía distinguir si era de él o de alguien más. Surgió el odio.

—¡Arte * Tree! —gritó William Shelwood.

¡Booomm! La masa aumentó en Lucsus, el número 2 y en Miguel. Los 80 kilos de golpe hicieron que los tres se fueran de rodillas al suelo.

—¡Qué demonios haces, Shelwood! —gritó Miguel.

—Lo siento, pero tengo que ganar como sea. Ustedes igual ya eran un caso perdido.

Al aumentar sorpresivamente la masa en los 3, esto redujo la masa de Shelwood: 75 kg menos, restando los 55. Shelwood se volvió 25 kg menos pesado. Esto le permitió ser mucho más rápido.

Lucsus observó desde el suelo, y la ira surgió en él. Sus venas se fueron llenando de emociones que, a simple vista, parecían energía elemental castaña. Sus ojos pasaron de marrón claro a marrón oscuro.

El cuerpo le dolía y, a la vez, sentía mucho frío en los huesos, mucho calor en los músculos y órganos. Bordes castaños aparecieron en el cuerpo de Lucsus, haciendo que sus músculos se desgarraran y se reconstruyeran casi al instante.

Lucsus estaba de pie, extendiendo la mano a Miguel. Miguel, apenas levantándose con su ayuda, se concentró y logró moverse mejor con el peso de 80 kg.

—¡Pero qué giro tan inesperado! Cinco integrantes traicionaron a sus compañeros ¿Qué está pasando? —dijo Coco.

—El participante 8 está de pie. ¿Eso será una buena o mala señal?

La audiencia gritaba:

—¡Traidores! ¡Rastreros!

Cinco sujetos se pusieron en medio de estos traidores. Al principio se asustaron, pero era más una pantalla, porque estaban comenzando a perder prestigio.

Un cinco contra cinco comenzó de una manera aleatoria.

Lucsus caminaba lentamente hacia donde el participante número 2. El ex militar lo notó y, en breve, sacó anillos en los dedos, un poco filosos, para causar daños severos.

Lucsus se acercó, quedando cara a cara contra él. Cricket lanzó un puño con mucha fuerza directo a la cara. Lucsus no se movió un milímetro. El golpe cambió su dirección por el aura de Lucsus; tenía mucha densidad.

—¿Qué? —Cricket se sorprendió y, al regresar su puño, sintió algo extraño. Al ver su muñeca, estaba torcida y sus dedos destrozados.

—¡Qué demonios! El participante número 8 acaba de romperle la mano y dedos al gran militar Cricket sin mover un solo músculo, solo con el aura —exclamó Coco.

—¿Será que estamos en presencia de un espiritista? ¿En qué reino se encuentra actualmente?

Lucsus no respondió la pregunta. Solo extendió la mano y sostuvo a Cricket por el cuello. Mientras lo apretaba, la cara aterrada de Cricket no causó ningún sentimiento en Lucsus. Al desmayarse, lo soltó.

—¡Suéltalo! —dijo Lucsus fríamente al tipo flaco que sostenía al participante número 2.

Inmediatamente lo soltó y salió corriendo.

Todos voltearon, pues ahora Lucsus era el centro de atención. Al notarlo, sintió disgusto. Era un fastidio para él llamar la atención.

Diez sujetos con renombre se acercaban a él de una forma presuntuosa. Todos con bordes elementales, e incluso Jiro, el aventurero clase oro, se acercaba junto a ellos.

El tipo flaco que estaba sosteniendo al número 2 estaba detrás de estos 11. Estas 12 personas eran conocidos en el bajo mundo por su brutalidad, fuerza y habilidad.

—Parece que es muy fuerte. No hay que subestimarlo —dijo Jiro.

—Tengo una idea. Humillémoslo para que no se le vuelva a ocurrir la idea de ganarnos. El creer que puede enfrentarnos de frente es un pecado.

Con cara de sádico, Jiro decía fuertemente:

—¡Lo voy a masacrar! —gritó levantando su puño.

—¡Ehhh! ¡Sí! —La audiencia gritó—. ¡Sangre! ¡Sangre! ¡Peleen, peleen!

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