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capítulo 09: bosque ensangrentado

— ¿Por qué te mientes, Larel? ¡¿Le temes a la verdad?! —la voz resonó en mi cabeza, tan punzante como una aguja envenenada.

Me encontraba tumbado detrás de un árbol, intentando protegerme, aunque apenas lograba sentirme seguro. Mis músculos se agitaban en espasmos incontrolables, y mi respiración, hiperventilada y errática, era una traición constante. De no ser por la inyección y el traje, habría sucumbido al vértigo, quizá hasta al vómito, pero las hierbas y compuestos dentro del filtro impedían que me desmayara... aunque no lograban silenciar el caos en mi mente.

No podía recordar cómo llegué a este punto. Solo la imagen de López gritándonos permanecía fragmentada en mi memoria antes de que todo se volviera un remolino confuso. Los crujidos de pisadas rompían el aire, un eco sutil, pero devastador que enviaba ondas de alarma a cada rincón de mi cuerpo. Juraría que pertenecían a algo inmenso, algo fuera del alcance de la lógica, aunque podría ser el efecto de las drogas o mi propia mente jugándome una mala pasada. Sentía las rasgaduras del árbol detrás de mí, escuchaba el roce del monstruo invisible que parecía acecharme, mientras mi capucha era lo único que sostenía la ilusión de que aún podía ocultarme.

De pronto, Duarte apareció, lanzándose hacia mí con una mezcla de urgencia y angustia. Revisando mi cuerpo en el proceso.

— ¿Estás bien? —preguntó, aunque su voz apenas se escuchaba entre el caótico estruendo de los disparos—. ¡¿Cómo demonios llegamos a esto?! Larel, levántate... ¡Tenemos que huir, maldita sea, Larel!

Intenté responder, pero mi voz se encontraba fragmentada como mis pensamientos.

— Creo que sí... no lo sé. No puedo... no puedo respirar, siento que me ahogo... Todo esto está tan confuso. Estábamos allí y ahora aquí, y... —Mi frase se diluyó en mi propio pánico, mientras las alucinaciones comenzaban a consumir mi percepción.

— ¡Tranquilo, Larel! —exclamó Duarte, forcejeando para mantenerme en pie—. No puedes quitarte el traje, ¡escúchame! No ahora, no con esas malditas cosas tan cerca. Tenemos que encontrar a Vidal y a los demás. Solo... resiste un poco más.

Pero las palabras de Duarte eran un eco distante. Mi mente, perdida entre delirios, dibujaba escenas que juraría eran reales, tan nítidas como el recuerdo fragmentado de mi pasado. Busqué consuelo en los días de mi juventud, solo para descubrir un abismo: todos mis recuerdos de infancia se desvanecían ante mí, como si nunca hubieran existido, como si nunca hubiese sido un niño.

Los disparos del científico resonaron en la distancia, una súplica desesperada por ayuda. Sin pensarlo, corrimos hacia él, buscando reagruparnos antes de que fuera demasiado tarde. Pero el enemigo nos alcanzó primero; un rostro ensombrecido surgió entre los árboles, levantando su escopeta M97. El disparo resonó seco y brutal, destrozando el rostro del científico sin piedad. Mi cuerpo quedó paralizado, incapaz de responder, mientras el atacante recargaba su arma con fría precisión.

De repente, Vidal irrumpió en escena, disparando con una habilidad que dejaba claro que no era la primera vez que empuñaba un arma. Con un tiro certero, eliminó a uno de los enemigos, empujándome al suelo en el proceso. Duarte se lanzó hacia nosotros en un arrebato de desesperación, pero pronto nos separamos nuevamente: esta vez yo corría junto a Vidal, mientras Duarte, en un intento por salvarse, tomó otro rumbo.

El bosque, que ya parecía un laberinto de trampas, cobró su tributo. Vidal cayó en una trampa para osos que casi le destrozó la pierna; de no ser por las botas y el traje de grafeno, no habría salido intacto. Por mi parte, me vi atrapado en una trampa de lazo colgante. El impacto me golpeó la cabeza con fuerza, pero la máscara amortiguó el golpe lo suficiente como para salvar mi vida. Antes de que pudiéramos reaccionar, el enemigo nos alcanzó, dejándonos indefensos y a su merced.

Mi mente se nubló al ver a aquel monstruo avanzar con la intención de acabar con Vidal... mi compañero, mi hermano. En esos segundos, Vidal posó sus ojos en mí, y sentí cómo mi mundo se desplomaba. Entonces, sin pensarlo, mis manos actuaron por instinto: saqué la Mauser C96 y, recordando las palabras de Binet, disparé dos veces. Ambos tiros impactaron en el pecho del enemigo, pero aún se mantenía en pie, negándose a caer. Mi desesperación crecía al ver que continuaba con su plan de asesinar a Vidal. Justo cuando creía que todo estaba perdido, Duarte apareció de la nada y se abalanzó sobre él. Con una roca en la mano, lo golpeó repetidamente hasta destrozarle la cabeza. Nunca había presenciado tal ferocidad en Duarte, y por un instante, dudé si era movido por adrenalina o algo más oscuro.

Mientras intentaba recuperar el aliento, los recuerdos se agolparon en mi mente, llevándome a los momentos previos al ataque. Habíamos llegado a la entrada de Cayó Oscuro, donde nuestra formación se mantenía alerta, cubriendo los puntos cardinales en preparación para cualquier amenaza. Nuestros pasos eran rápidos y certeros, interrumpidos solo por las investigaciones de Taveras, siempre respaldados por Vidal y el científico. No podíamos imaginar entonces la emboscada que nos aguardaba.

Aunque los trajes podían parecer similares a simple vista, cada uno estaba equipado para las especialidades únicas de su portador. Vidal y Taveras llevaban placas de Petri cuidadosamente guardadas junto al botiquín de supervivencia en sus mochilas. Los lentes del casco de Vidal estaban diseñados para ofrecer una profundidad inigualable y visión ultravioleta, ideales para su tarea. Por otro lado, el equipo de Taveras incluía tubos de ensayo cargados con químicos capaces de diluir cualquier material, optimizando el estudio rápido de los hongos, además de su inseparable libro de hongos. No podía evitar pensar que Taveras parecía más un curandero místico que un doctor; mientras que Vidal irradiaba una especie de aura caótica, digna de un científico loco.

En nuestro camino, avistamos el puente viejo, un recordatorio de que nos encontrábamos a medio trayecto de nuestro objetivo.

— En tiempos gloriosos —narró Regino, con voz impregnada de leyenda—, se decía que un manantial de aguas milagrosas descendía desde el pico Duarte. Sus aguas recorrían toda la montaña hasta salir del bosque, conectando con la ciudad de Santos, donde se convertían en atracción para los grandes guerreros.

— ¿Podría esto tener alguna relación con la podredumbre que hemos encontrado? —preguntó Taveras, intrigado.

— Desafortunadamente... no. Estos hilos han permanecido secos más tiempo que el mismísimo rey Desmond III —respondió Regino, con un deje de ironía, pero también de resignación.

Sin otra opción, avanzamos con premura, conscientes de que la llegada de la noche nos haría más vulnerables ante el enemigo. Al cruzar el puente, parecía como si el mundo mismo se hubiera detenido: los árboles, atrapados en un perpetuo otoño, se negaban a soltar sus últimas hojas, aferrándose obstinadamente a una vitalidad menguante. Aquellos que habían sucumbido a la podredumbre estaban cubiertos por hilos blancos, como si la enfermedad se hubiese enredado en sus entrañas, alimentándose vorazmente de lo que quedaba de ellos.

Taveras, absorto en el misterio de aquella enfermedad, exploraba con ojos llenos de fascinación. Su mente parecía atrapada en los detalles de su investigación, ajena a todo lo demás.

— Taveras —lo llamó Vidal con severidad—, entiendo la importancia de tu investigación, pero no puedes perderte en tu mundo. Nuestra misión no se limita a buscar la cura; ahora debemos centrar nuestra atención en la cabaña del guarda bosques.

— Lo siento, Vidal —replicó Taveras, aunque su mirada aún recorría aquel entorno enfermo—, pero mira a tu alrededor. Este lugar está lleno de información valiosa, y si la estudiamos a fondo, podríamos descubrir la verdad. Solo necesito un poco más de tiempo... unas investigaciones más y llegaremos a la respuesta que buscamos.

Las palabras de Taveras llenaron al equipo de una renovada energía, y no podía evitar sentirme igual de emocionado al pensar que aquellos compañeros que dejamos atrás no lo hicimos en vano.

No tardamos mucho en encontrar la cabaña, oculta a pocos metros al pie del pico Duarte. Para nuestra sorpresa, la estructura permanecía intacta, como si aguardara pacientemente nuestra llegada. Sin embargo, Binet, con el ceño fruncido, compartió sus sospechas con López: el trayecto hasta allí había sido inquietantemente tranquilo, tan apacible que resultaba imposible no desconfiar. ¿Cómo era posible que un lugar tan célebre por su peligroso entorno se sintiera como un simple paseo?

— Binet dará las órdenes a partir de ahora. Presten atención a cada detalle si queremos regresar todos con vida —anunció López con firmeza.

— No es más que una corazonada, pero hasta ahora no hemos encontrado ningún animal —indicó Binet, su tono grave y cargado de incertidumbre—. Esto me lleva a pensar que alguien nos ha estado guiando hasta aquí... ¿Con qué propósito? No lo sé. Pero antes de entrar, debemos asegurarnos de despejar cada rincón alrededor de la cabaña. Solo entonces podremos sentirnos relativamente seguros.

— Tiene sentido. Siempre se habla de los peligros acechantes en este bosque y, de pronto, todo está tan... calmo. No es un buen augurio —añadió Taveras, reforzando la inquietud.

En silencio y agrupados de dos en dos, nos desplegamos para inspeccionar un perímetro de diez metros alrededor de la cabaña. Fue Vidal quien primero tropezó con la escena: restos de animales y bestias de aspecto amenazante, destrozados y privados de toda gota de sangre. La visión era tan desconcertante como perturbadora. Alarmado por aquel macabro hallazgo, recogí una muestra de los restos, guardándola cuidadosamente en una placa de Petri para examinarla más tarde.

Mientras tanto, Taveras descubrió huellas frescas impresas en el suelo, un hallazgo que le desconcertó profundamente, pues todo el bosque se encontraba reseco, salvo los hilos de humedad que serpenteaban por el lecho del extinto río. Con extrema cautela, regresó para advertir al grupo de que habíamos sido vigilados todo este tiempo; los ojos enemigos se habían ocultado a lo largo del camino trazado por el río, una zona que habíamos pasado por alto en nuestra búsqueda. Pero su advertencia llegó demasiado tarde.

El hospital, testigo silencioso de secretos oscuros y horrores inimaginables, parecía aguardar con ansias el desenlace de los valientes doctores. ¿Qué decisión tomarán? ¿Qué sacrificios estarán dispuestos a hacer para sobrevivir en esta ciudad maldita?

La respuesta se avecina, como una sombra al acecho, mientras el reloj de la muerte seguía su inexorable marcha.

Continuará…

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