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capítulo 10: bosque ensangrentado. 2da parte

Un estruendo rompió la formación; el impacto de una explosión sacudió el bosque, desestabilizándonos y obligándonos a retroceder con premura hacia la cabaña. Desde las sombras emergieron nuestros atacantes; su emboscada, sincronizada, fue orquestada con éxito. Dejándonos sin otra opción más que escondernos como ratas en la madriguera que habían dejado como único punto de resguardo. Habíamos caído en la trampa que nos habían tendido y, sin alternativas, todo había llegado a su fin.

—Esto no debió ocurrir, Binet —acusó Duarte, su voz contenida, pero cargada de una furia que apenas lograba controlar.

—Si eres tan infalible como pretendes, Duarte, quizá deberías haber tomado el liderazgo tú mismo —replicó Binet, su tono mordaz como una daga en la tensión que nos rodeaba.

—¡Basta ya! —interrumpió López voz, firme y autoritaria—. Gracias a Binet, seguimos vivos. Lo que importa ahora es encontrar una forma de salir de este infierno con vida.

El silencio momentáneo fue roto por uno de los guardias, que se acercó con una mezcla de cautela y urgencia.

—No se están moviendo. Parecen mantener su posición en círculo... —informó, su voz apenas un susurro.

—¡Solo están esperando el momento para acabar con nosotros como ratas enjauladas! —exclamó Duarte, su desesperación brotando con fuerza, mientras su mirada buscaba, inútilmente, una salida.

López se inclinó ligeramente, observando con detenimiento a través de la ventana rota de la cabaña. La luz de la luna apenas iluminaba a los enemigos que permanecían inmóviles, un círculo inquietante que parecía cerrarse con cada segundo que pasaba. Su rostro endurecido traicionaba la preocupación que intentaba ocultar.

—Están esperando algo... —informó López, volviendo su atención al grupo—. Tal vez refuerzos, o quizás solo quieren que caigamos en el pánico. No podemos permitirles eso.

—¿Y qué sugieres? —preguntó Duarte, con la voz quebrada por la tensión—. ¿Quedarnos aquí y esperar nuestro turno como si estuviéramos en la fila para el matadero?

Binet ajustó una de las válvulas de su traje, ignorando deliberadamente la confrontación. En cambio, habló con la calma de quien analiza un problema complejo.

—Necesitamos información antes de actuar. Si nos precipitamos, las consecuencias serán fatales. Mi traje está equipado con sensores de movimiento y proximidad. Podríamos utilizarlos para medir la densidad de sus filas y buscar un punto débil. Pero...

— Se requiere de alguien que salga y marque el perímetro —espetó Duarte, claramente agotado—. ¿Y quién se ofrecerá de voluntario para probar esa idea suicida?

—Yo lo haré —intervino Vidal, rompiendo el silencio con voz grave pero decidida—. Mi traje tiene mejores capacidades de camuflaje; con una ligera distracción, me podré fusionar con la noche para poder hacer marcar el perímetro.

— ¡Maldición! Si vas a salir, necesito que vengas conmigo —exigió Duarte.

— Necesitaremos que te encargues del telégrafo, Regino —solicitó Binet—. Dejarlo sería igual que desastroso que si muriésemos.

— ¡Ya entiendo! Mi objetivo es salir corriendo lo más rápido posible y entregar el telégrafo a nuestro cuartel, ¿verdad?

— Sí. Pero también, necesito que lleves el mensaje a Torres y le advierta de todo lo que está ocurriendo.

— No pienso decepcionarlos —afirmó Regino.

El grupo intercambió miradas tensas, sabiendo lo que estaba en juego. López asintió, reconociendo la valentía de Vidal.

—Está bien, Vidal será quien sondeará, pero no actuarás solo. Taveras irá contigo. Su conocimiento en hongos podría marcar la diferencia, y nosotros estaremos aquí para cubrirlos en caso de necesidad... Recuerden, solo diez metros, y podremos hacer un plan ofensivo.

— Necesitaré la mayor distracción enfrente mientras Taveras se encarga de los preparativos.

Vidal y Taveras intercambiaron una breve mirada de comprensión antes de comenzar a prepararse. Mientras ajustaban los sistemas de sus trajes, el ajetreo de los preparativos dentro de la cabaña era casi insoportable, roto solo por una que otra pausa de miradas entre colegas.

—Si algo sale mal, volveremos por ustedes —afirmó López con firmeza, aunque todos sabían que era una promesa que tal vez no podrían cumplir.

La puerta de la cabaña se abrió con un chirrido lento, y el aire frío de la noche pareció envolverlos de inmediato. López, siendo el líder de mantenerlos con vida, se ofreció a entretenerlos. Mientras por la parte izquierda, Vidal avanzaba hacia la penumbra, donde las sombras eran tan densas que parecían tener vida propia. Dentro de la cabaña, los demás esperaban en silencio, cada uno luchando con sus propios temores y pensamientos oscuros.

El tiempo se ralentizó mientras esperaban señales de Vidal y Taveras, conscientes de que el destino de todo el grupo dependía de cada paso que daban.

— No disparen —gritó López una vez fuera de la cabaña—.

— Identifícate —le exigieron.

— Visecapitán de la incursión al país de Catha, Raso mayor, Robinson López.

— Arrójese al suelo y ponga su mano en su cabeza, repito... Arrójese al suelo despacio y ponga sus manos en su cabeza.

— ¡¡¡Bien!!! Pero antes... váyanse al infierno —gritó López, sacándoles el dedo de en medio.

Señal que recibió Taveras quien había preparado sus químicos para lanzarlos fuera de la cabaña, iniciando una reacción química que produjo humo espeso. Binet y yo tiramos de la cuerda que sujetaba a López, entrándolo lo más rápido a la cabaña. Mientras los guardias abrieron fuego contra el enemigo para despistarlos de Vidal quien había salido de la cabaña; Regino había salido rápido con el telégrafo oculto por la capa del traje, rumbo hacia el asentamiento; Taveras había salido por su parte a escondidas para seguir lanzando más bombas químicas y mantener al enemigo a ciegas.

La confusión se apoderó del enemigo y la balanza parecía apostar por nuestra supervivencia. Con un plan casi infalible teníamos al enemigo donde queríamos mientras preparábamos nuestra ofensiva... Pero, algo más parecía estar en ese lugar.

El caos que se desató tras nuestra huida era tan confuso como aterrador. Las sombras del bosque parecían danzar al ritmo de los lamentos y crujidos de los árboles. Cada sonido era un grito ahogado, un tronco astillado, el eco de una criatura desconocida. Profundizaba la sensación de que algo más acechaba en la oscuridad, algo que incluso nuestros enemigos no podían controlar.

Vidal y Taveras, quienes habían tomado ventaja en la avanzada, pronto quedaron fuera de nuestra línea de visión. Sus siluetas se desdibujaron entre la maleza, y con ellas, nuestra única esperanza de seguir una ruta clara. López, aún jadeante por la reciente maniobra, intentaba mantenernos unidos, pero el pánico comenzaba a brotar en el grupo como una llama descontrolada.

— ¡Mantengan la calma! —exclamó, mientras sus ojos recorrían rápidamente nuestro entorno, buscando algún punto de referencia que pudiera guiarnos.

— ¿Y cómo demonios seguimos si no sabemos a dónde ir? —espetó Duarte, su tono tan afilado como su respiración entrecortada—. Perdimos el contacto con Vidal y Taveras. ¡Estamos a ciegas en este maldito lugar!

— ¿Y qué pasa con esa cosa? —preguntó uno de los guardias, sus manos temblando sobre su arma—. Eso... lo que sea que está atacando a los otros.

La pregunta quedó suspendida en el aire, sin respuesta. Cada uno de nosotros trataba de sobrevivir individualmente, y no había cavidad a pensar quién o qué se encontraba allí.

— Avanzaremos en formación, manteniendo el perímetro cerrado. Regino probablemente esté a salvo rumbo al asentamiento con el telégrafo, pero, nuestra única prioridad es sobrevivir. ¡Así que corramos juntos sin perdernos de vista!

El grupo se movilizó con lentitud, luchando por mantener la calma mientras cada sombra parecía cobrar vida. El bosque, que antes se había sentido asfixiante por su quietud, ahora parecía un abismo interminable de peligros invisibles. Avanzamos guiados únicamente por la tenue esperanza de que Vidal y Taveras estuvieran aún con vida y de que, de alguna manera, encontraríamos la salida de ese laberinto oscuro.

Sin embargo, conforme continuábamos, los gritos del combate comenzaron a apagarse. En su lugar, un silencio pesado y antinatural envolvió el bosque, como si incluso el aire hubiese cesado de moverse. Era un silencio que anunciaba algo, pero no sabíamos qué... y eso lo hacía aún más aterrador.

Fue entonces, al cruzar una pequeña quebrada cubierta de raíces y hojas podridas, que López levantó una mano para que nos detuviéramos. Algo brillaba entre la penumbra, un tenue resplandor rojizo que parecía pulsar como un corazón vivo.

— ¿Qué es eso? —susurró Duarte, su voz apenas audible.

— Una trampa —respondió Binet con frialdad—. O una señal.

Antes de que pudiéramos acercarnos más, un sonido gutural, profundo y reverberante rompió el silencio, haciendo que todos los músculos de mi cuerpo se tensaran. No sabíamos lo que era, pero, en ese instante, comprendimos algo aterrador: lo que había estado acechando a los enemigos... ahora nos había encontrado.

El pánico comenzó a burbujear dentro de nosotros, pero López alzó su voz, como un ancla en medio de la tormenta.

— ¡Rompan filas! Retrocedan lentamente. Yo los protejo.

La orden llegó demasiado tarde. Como si un hechizo macabro hubiera sido lanzado sobre el campo, los cuerpos de los caídos comenzaron a levantarse, deformados y putrefactos, con sus extremidades mutiladas y grotescas. Sus movimientos eran erráticos, pero implacables, como si se negaran a aceptar la quietud de la muerte. Con una rapidez inquietante, se lanzaron sobre nosotros con furia inhumana, forzándonos a separarnos aún más en un desesperado intento por sobrevivir.

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