Bajo la luz mortecina de la luna, que teñía de un pálido fulgor el asentamiento, Torres y López compartían en silencio el peso de la pérdida, ese dolor mudo que habla de quienes ya no caminarán sobre estas tierras.
—Parece que el destino nos obliga a revivir la tragedia del fuerte de Drust —murmuró López, dejando escapar su frustración con un suspiro que se desvaneció como las vidas de sus compañeros.
—Las cicatrices aún arden en la piel de quienes sobrevivimos a aquella masacre —respondió Torres, mientras echaba más leña al fuego. Las llamas chisporrotearon, como si compartieran su furia contenida—. Desde aquel día, la traición contra el rey no ha hecho más que crecer, arrastrándonos hasta este abismo.
López, con los ojos clavados en las llamas danzantes, se permitió un instante de duda.
—¿Crees que ellos estén detrás de esta enfermedad?
Torres, con la mirada endurecida por el odio, apenas dejó espacio para la incertidumbre.
—¿Quién más sería capaz de semejantes atrocidades? ¡¿Recuerdas las bioarmas que emplearon?! ¡¿Y el horror de ver morir a más de la mitad de nuestros soldados de formas que ni los infiernos podrían concebir?! —Su voz, cargada de ira, parecía resonar más allá del crepitar del fuego.
López asintió lentamente, manteniendo sus hombros hundidos bajo el peso de los recuerdos.
—Sí... ver morir a tantos, de esa manera tan monstruosa, ha dejado una marca indeleble en mi memoria. Es un tormento que me roba el sueño noche tras noche.
El fuego continuó ardiendo, pero no logró disipar el frío que se asentaba entre ellos, un frío que no pertenecía a la noche, sino a los rincones más oscuros de la desesperanza.
La noche se sentía detenida en el tiempo, rota únicamente por el crujir de las llamas y los murmullos desalentadores de dos hombres marcados por un infierno que, para su desgracia, ahora se repetía. Torres y López, unidos por cicatrices comunes, desviaron su conversación hacia el rey, cuya figura se elevaba como un faro en sus vidas.
Para Torres, el rey no era solo un líder, sino la encarnación de la grandeza. Aquel hombre colosal, de más de dos metros de altura, que descendía de un linaje de conquistadores cuyo origen permanecía envuelto en el misterio. El primero de los Desmond había llegado desde tierras extranjeras, unificando, con astucia y fuerza militar, las tribus esparcidas por el continente que luego bautizó como Daemos.
—Desde el día en que vi al rey galopar por el desfiladero, supe que sería el pilar más importante de mi vida. Mi madre me contaba historias de él, y una de ellas hablaba de cómo salvó nuestra ciudad de un incendio provocado por espías de Drust —relató Torres, sus palabras llenas de reverencia.
López compartió su propia conexión con el monarca, una aún más personal.
—El rey salvó a mi familia de la esclavitud. Por sus órdenes, un escuadrón de soldados llegó para liberarnos. Ese día conocí al hombre por el que estaría dispuesto a seguir hasta el mismísimo infierno... porque él me rescató del infierno en el que ardía.
Torres se giró hacia su amigo, con una seriedad que le daba peso a cada palabra.
—López, si llego a caer antes de cumplir nuestra misión, te ruego que guíes a estos hombres hasta el final. Protege a quienes aún pueden salvar estas tierras malditas.
López respondió con firmeza, su voz llena de lealtad inquebrantable.
—No permitiré que mi capitán caiga. Y, si es necesario, estoy dispuesto a intercambiar mi vida por la suya.
Torres negó, con una sonrisa amarga, el reflejo de una lucha interna.
—No seas ingenuo, López. Ya no soy el hombre que era. Solo soy una sombra aferrada a viejas glorias, un campeón cuyos mejores días quedaron atrás. Esta nueva generación, con su tecnología y su energía, ha superado mi utilidad para la misión del rey.
—¡¿De qué está hablando, capitán?!
—Hablo de aquellos hombres cuyas habilidades rozan lo inhumano... hombres moldeados para las nuevas guerras. Guerras en las que yo no seré más que un estorbo... —respondió con una calma aterradora.
—¿Qué eres exactamente, Larel? —preguntó, causando un vértigo en mi mente mientras rebuscaba entre mis recuerdos.
—¡¡¡Cállate!!! —Gritaba en mi mente, sintiendo que mi propia mente se fracturaba bajo la presión—. Sal... sal de mi cabeza.
—¿Qué temes mostrarme, Larel? —insistió la voz, con un tono casi burlón.
Sabía que pronto lograría lo que deseaba... abrirme, exponer mi mente, mis conocimientos... y con ello, desentrañar la verdad que rodeaba a la enfermedad...
Me desperté en medio de un caos tangible, un tumulto de movimientos y preparativos que parecían haberse desencadenado mientras dormía. Duarte y Taveras me habían pedido que descansara un poco más, pero ahora todo el campamento vibraba con actividad.
Las cajas, selladas hasta ese momento como reliquias intocables, eran abiertas con rapidez. Dentro de ellas, se encontraban los recursos de los que tanto habíamos oído hablar: trajes "anti-podredumbre", diseñados para resistir lo que otros no podían, y armas junto a municiones, nuestras herramientas para enfrentar la amenaza que se cernía sobre nosotros. Cada elemento se manipulaba con la solemne precisión de quien entiende que la supervivencia depende de cada pequeño detalle.
—¡¿Qué demonios es todo esto?! —La voz de Vidal resonó cargada de incredulidad mientras contemplaba las armas desplegadas ante él.
—¿Realmente esperabas luchar solo con el poder del conocimiento? —respondió Binet con calma, lo que lo hacía aún más desconcertante.
—¡Binet, esto es demasiado! —protestó Vidal, su expresión marcada por la angustia—. Somos hombres cuyo propósito es salvar vidas, no arrebatarlas.
Binet, imperturbable, dejó que la pregunta flotara en el aire antes de replicar.
—Esa misma inquietud tuve cuando me pidieron modificar mis diseños para incluir sistemas de combate. Pero dime, Vidal, ¿realmente podemos sobrevivir en estas tierras solo con medicamentos? —Sus palabras, certeras como una hoja bien afilada, resonaron entre los presentes, obligando a cada uno a enfrentarse a la realidad.
—Lamento no compartir tu optimismo sobre un mundo más benévolo, Vidal —interrumpió Torres con gravedad—. Aquí no existen leyes y, al parecer, tampoco humanidad. Por eso, a partir de ahora, Binet es el líder del equipo médico.
—¿Por qué él? —intervino Duarte, dando un paso al frente.
—Porque él no solo es uno de los creadores de los trajes, sino también un estratega consumado. Y, al igual que González, es uno de los pocos capaces de enfrentar la realidad sin adornos ni falsas esperanzas —declaró Torres, con una mirada que no admitía objeciones.
—Está bien, pero todo esto no tiene sentido si no sabemos siquiera cómo usar un arma —intervino Taveras, su voz cargada de incertidumbre, pero también de una cierta verdad innegable.
Torres soltó una breve risa ante la confesión de Taveras, una reacción que, lejos de aliviar el momento incómodo, lo prolongó. Sin embargo, la tensión fue cortada por la llegada de López, quien entró con pasos firmes desde las afueras del asentamiento.
—Capitán, todo está listo —anunció López, su voz impregnada de determinación.
—Bien, López —respondió Torres, tomando un tono más serio mientras detallaba el nuevo plan—. No tenemos noticias del grupo de guarnición en la muralla María, y no sabemos cómo proceder desde aquí. Además, las comunicaciones con la mesa redonda son imposibles; el telégrafo se averió durante el trayecto.
—Hay una esperanza —intervino Alex Regino, uno de los exploradores, con voz firme pero mesurada—. Según nuestros informes, debería haber varios telégrafos en la cabaña del guarda bosques, ubicada en lo profundo de Cayó Oscuro.
—Gracias, Regino. Por esta razón, nos dividiremos en dos grupos. El grupo de investigación se encargará de dirigirse hacia la puerta Matías para descubrir qué sucedió con el equipo de guarnición. Por otro lado, el grupo de recuperación tiene la misión de internarse en el bosque en busca de un telégrafo funcional y, de ser posible, recopilar muestras y datos sobre la enfermedad.
López tomó la palabra, con una autoridad que parecía haberse solidificado en cada movimiento.
—¡Muy bien! El capitán ha depositado en mí la responsabilidad de liderar esta expedición. Mientras los médicos realizan su labor y evalúan las barracas, nosotros nos aventuraremos en el bosque. Los guardias tendremos la tarea de proteger a los doctores, encontrar lo que buscamos y eliminar cualquier amenaza que comprometa nuestra supervivencia.
Las palabras de López resonaron con una mezcla de pragmatismo y solemnidad, marcando el inicio de lo que sería un desafío tanto físico como emocional para ambos grupos.
Binet explicó con precisión el origen y las modificaciones del equipo desarrollado por él y R. O. Originalmente concebidos para librar grandes batallas contra el imperio de Drust, los trajes habían sido adaptados apresuradamente para un propósito completamente distinto. El diseño actual combinaba lo mejor de la medicina moderna con materiales avanzados como el grafeno y el larimar, logrando un aislamiento del 95%. Sin embargo, el tiempo había sido un enemigo implacable, dejando los trajes sin pruebas exhaustivas ni mejoras significativas.
Con meticulosidad casi ritual, Binet y su equipo nos ayudaron a colocarnos los trajes anti-podredumbre. Cada uno de nosotros fue introducido por la espalda del traje, como si nuestras propias formas fueran el esqueleto que daba vida a la estructura. Cada junta y válvula fue asegurada con precisión quirúrgica, mientras los tubos de descontaminación se conectaban para bañarnos en una neblina purificadora. Esta niebla erradicaba cualquier partícula que pudiera comprometer nuestra seguridad. Poco después, las hierbas y fármacos contenidos en los filtros del traje comenzaron a surtir efecto, adormeciendo nuestros sentidos con una mezcla narcótica que nos mantenía funcionales, aunque ligeramente desconectados de la realidad.
Binet detalló el funcionamiento de las recámaras del filtro, componentes esenciales para la avanzada tecnología del traje.
• Recámara de Filtración Primaria: La primera línea de defensa, encargada de eliminar partículas y toxinas iniciales que pudieran penetrar el traje.
• Recámara de Filtración Secundaria: Utiliza el sudor del usuario como ventilador para refrescar y purificar el cuerpo por medios de hierbas y fármacos.
• Recámara de distribución de huevas: Diseñada para esparcir huevas que actúan como analgésicos, distribuyéndolas uniformemente por todo el cuerpo.
• Recámara de Narcóticos: Almacena y administra narcóticos controlados en dosis precisas, útiles para tratar el dolor o inducir estados alterados necesarios para ciertas operaciones, potenciando la efectividad del inmunosupresor.
• Recámara de Purificación Final: La última etapa de filtración, encargada de controlar los efectos del inmunosupresor y regular las dosis liberadas.
Cada recámara trabajaba en perfecta sincronía, un sistema interconectado que ofrecía protección y funcionalidad óptimas. Todo este proceso ocurría dentro de un filtro cilíndrico de aproximadamente 85 cm, firmemente sujeto a la base de la columna vertebral.
—Sin embargo... —advirtió Binet, con un tono grave que captó nuestra atención—. Estos trajes fueron concebidos originalmente para uso militar. Por ello, el inmunosupresor, los narcóticos y las drogas que contienen son extremadamente potentes. Tan fuertes, que después de usarlos será necesario un reposo mínimo de doce horas, o más, dependiendo de la constitución física y mental del usuario.