La Maldición de Casandra
Londres, 16 de agosto de 1819
Blackthorn Manor no es una casa. Es un vientre abierto que respira el hedor de los no nacidos. La niebla no llega; llora sangre. Se arrastra por Mayfair como la mortaja de los dieciocho que cayeron ayer en Manchester, sus gritos aún atrapados en el humo de la pólvora. Las gárgolas de la mansión no escupen agua; vomitan bilis negra, un líquido que quema la hiedra y deja marcas como estigmas en la piedra. Dentro, el aire es tan denso que corta la garganta: hierro oxidado, cera de vela derretida sobre carne, y algo más —el olor dulzón de un omega desangrándose despacio.
Cassandra Vale cruza el umbral con un contrato temblando en sus dedos y un aroma que no pidió. Omega. No nació así. A los diecisiete, en el sótano de San Judas, la fiebre la tomó como un demonio que se arrastra por la columna. Le quemó la neutralidad beta hasta los huesos, le dejó un olor que hace que los alfas lloren de hambre: lirios aplastados bajo botas, miel mezclada con lágrimas, la promesa de una sumisión que la mata por dentro. Ahora, diecinueve años. Institutriz. Un salario que parece redención. Una puerta que se cierra con un clic que suena a crucifixión.
Eliza Blackthorn, diez años, alfa de sangre pura, no juega con muñecas. Juega con huesos. Los encuentra en el jardín de invierno, entre rosas que crecen tan rojas que parecen úteros abiertos. Algunos son de conejo. Otros… de dedos infantiles. Los limpia con su falda de muselina, los besa como si fueran hostias, y los guarda en una caja de música que ya no canta —solo gime, un lamento que suena a niño ahogado. "Son mis ángeles caídos", susurra, y sus ojos grises brillan con una ternura que corta como vidrio.
Edmund Blackthorn, dieciséis años, alfa puro. No es un niño. Es un cuchillo vivo. Alto, delgado, con piel tan pálida que las venas azules parecen ríos de veneno bajo cristal. Sus ojos no parpadean. No pueden.
La segunda vez que la ve, está en el comedor. La mesa está puesta para veinte —plata manchada de óxido, copas con bordes astillados, un centro de lirios muertos que gotean savia roja como sangre menstrual. Solo hay dos platos. Uno para él. El otro para ella.
—Siéntate —ordena. Su voz es un salmo al revés.
Cassandra obedece. El asiento está húmedo. Sangre vieja.
Edmund no come. Reza. Corta la carne con un cuchillo de plata que lleva grabada una cruz invertida. La sangre se acumula en el plato como un lago de hostias profanadas.
—¿Sabes qué pasa con los omegas que entran aquí? —pregunta. Su voz es suave. Demasiado suave. Como el susurro de un sacerdote antes de la quema.
Cassandra no responde.
—Se convierten. —Sonríe. Una sonrisa que parte el alma—. En ella.
Ella.
Casandra. La primera.
En 1719, llegó con un contrato idéntico. La encontraron en el ático tres semanas después: desollada viva, la piel colgada como un vestido de novia en el armario, los ojos cosidos con hilo negro, la boca llena de plumas de cuervo. Su nombre —Casandra— fue tallado en las vigas con uñas rotas. Su grito aún resuena cuando la luna está llena, un lamento que suena a parto fallido.
Los Blackthorn lo llaman la maldición. Los sirvientes lo llaman el hambre. Los cuervos lo llaman cena.
Esa noche, la biblioteca. No hay libros. Solo estanterías vacías que parecen costillas de un Cristo olvidado. El aire huele a carne quemada en incienso.
Edmund la empuja contra la pared. No hay preliminares. No hay palabras dulces. Solo sacrificio.