La Marca de la luna
Dicen que la primera vez que un lobo siente el llamado de su luna, el mundo deja de hacer ruido.
No importa si está en medio de una guerra, si la sangre le corre por los colmillos o si juró que jamás se arrodillaría ante nadie. Cuando ella aparece, el instinto ruge más fuerte que cualquier alfa. Más fuerte que la razón. Más fuerte que el miedo.
Hace mil lunas, la Diosa selló el destino de nuestra especie con una sola ley:
“Para cada lobo, una pareja. Una sola. Irrompible. Si la rechazas, condenas a tu bestia a la locura. Si la pierdes, condenas tu alma al vacío.”
Por eso los cachorros aprenden a correr antes que a hablar. Por eso los alfas entierran sus garras antes de tocar a una hembra que no lleva su olor. Porque el vínculo no pide permiso. Llega como un rayo en una noche sin tormenta. Te marca con fuego en los huesos, te ata con un hilo que ni la muerte puede cortar.
Algunos lo llaman bendición.
Otros, maldición.
Porque encontrar a tu pareja predestinada en un mundo de cazadores, de clanes en guerra y de lunas de sangre… no es un cuento de hadas.
Es una sentencia.
Y esta noche, bajo la luna roja que solo sale cada cien años, tres lobos sentirán el llamado por primera vez.
Ninguno está listo.
Ninguno la está buscando.
Y ninguno sobrevivirá siendo el mismo después de encontrarla.
El vínculo despertó.
La cacería, también.