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Lucsus y la grieta

Después de separarse del dúo de trabajadores Dmir y Join, él andaba solo por la grieta. Los otros dos se fueron, y Lucsus renunció al trabajo; claramente, estaba mejor solo que mal acompañado.

El único problema era sobrevivir en esta grieta y llegar a otro lado en donde tuviera mejoras para sí mismo, ya sea en su yo o en su economía.

Lo primero que evaluó fue su cuerpo: no tenía la fuerza suficiente para sobrevivir.

—¡Ya sé! Aprenderé a trepar árboles y allí dormiré sin tanto peligro —dijo Lucsus.

Comenzó a trepar árboles, moviéndose como un mono y cayéndose. Al instante, se dio cuenta de que sí podía trepar, pero no cualquier árbol, y que necesitaba avanzar. Además, trepar ya le había dado sed.

Siguió caminando, y no por suerte, sino por tanto jadear y caminar, encontró un río. De allí bebió agua como si fuese una Pepsi en el desierto.

De repente, una voz le dijo:

—Ese tanque está contaminado.

Lucsus volteó y preguntó:

—¿Cómo así?

Vio a un indio con un taparrabo y una lanza.

El indio le dijo:

—Esa agua no fluye, está empozada.

—Ya me la bebí —dijo Lucsus.

—Ya te advertí —respondió el indio, dándose la vuelta y alejándose.

Lucsus reflexionó:

—Mejor dejo de beberla…

Siguió caminando y encontró un palo bien resistente. Comenzó a lijarlo con una piedra hasta hacer una estaca, o mejor dicho, le sacó punta.

Ya tenía un arma para cazar, pero faltaba el animal al que cazar. Se acordó del oso y pensó:

—Mejor me regreso al río y veo si pesco algo.

En el río, los peces se movían demasiado rápido. No fue sino hasta casi anochecer que Lucsus atrapó uno con las manos desnudas, sin ayuda de una lanza. El pez se movía y lo golpeaba, pero él simplemente lo sacó del agua.

Lucsus buscó leña y encendió el fuego con un encendedor que, gracias a Dios, aún tenía. Porque no había un indio tan cerca como para prender la fogata con palitos.

Primero limpió el pez y luego, en trozos, lo fue asando. No había sal, pero eso era irrelevante para Lucsus.

Al terminar de comer, tenía que trepar un árbol, o si no, los animales se lo iban a comer mientras dormía. Tardó un rato trepando hasta encontrar un lugar cómodo en el árbol y no tan alto.

Entre sus pertenencias estaban un encendedor, una lanza de tamaño mediano (un poco más larga que uno de sus brazos) y una carta que le había dado aquella chica linda con ojos azules y cabello escarlata. La carta estaba en blanco y tenía bordes plateados.

Lucsus comenzó a imaginar sus posibles usos y dijo:

—Ningún uso es defensivo o de ataque… ¿Qué pretendió esta chica al darme esto?

—Mmm… No lo sé, pero parecía segura de que me serviría.

La carta comenzó a vibrar.

—BIBIBI… Estos artefactos del país de los exiliados son muy extraños —pensó Lucsus.

Un flash fue disparado y su cara quedó plasmada en la carta.

—¿Qué?

Lucsus se veía con el cabello corto en la carta, pero ahora mismo lo llevaba largo.

—No entiendo esta fotografía… ¿Acaso soy yo en otro tiempo? O sea, ¿esto graba la imagen en otra etapa del tiempo?

A juzgar por la apariencia, pudo haber sido antes o después.

—Digo, ¿en el pasado o el futuro?

—Bueno, yo tengo un norte, siempre lo he tenido. Y me parece lógico prestar atención a lo que me propone la carta…

Lucsus comenzó a cortarse el cabello con la estaca. Como no funcionó, usó una piedra afilada.

Al día siguiente, su reflejo en el río no le gustaba. Lucsus siguió acomodándose el cabello con la piedra afilada.

Volvió a pescar con las manos desnudas, y esta vez limpió el pescado con facilidad gracias a lo afilada que estaba la piedra. Luego de comer, ató la piedra a una vara resistente con un pedazo de camisa y armó una mejor lanza.

—Ya parezco un indio —dijo Lucsus—. Parece que estoy evolucionando.

—Jajajaja… —escuchó risas.

—¿Habrá sido mi imaginación?

Prosiguió a hacer ejercicios y practicar movimientos con la lanza.

—Jajajaja… Deja de hacerlo, igual nada va a funcionar.

Lucsus siguió el origen del sonido y apuntó al río, donde solo estaba su reflejo.

—Mmm… qué raro…

Sacó su carta y ya no estaba su imagen. Ahora era como un espejo.

—No luzco estereotípicamente guapo ahora mismo, pero estoy sano.

—No… bueno, no estoy tan sano… El dolor de estómago me está matando.

—Beber esa agua fue lo peor que pude hacer desde que llegué a la grieta. Ni hambre me da y, a cada rato, tengo necesidades. Y duele más que nada…

Lucsus guardó la carta espejo y volteó. Detrás de él, estaba el mismo indio de antes.

—Toma, bebe agua limpia.

Lucsus, muy agradecido, bebió.

—Mi nombre es Migue, ¿y el tuyo?

—El mío es Lucsus.

—¿Qué te pareció el agua empozada? —dijo Migue con voz seria.

Lucsus recordó que, desde que la bebió, tenía el estómago infectado y había ido al baño incontables veces.

—No… no me encuentro bien del estómago. Estoy infectado…

Migue sacó una píldora igual a la que le dieron sus antiguos compañeros de trabajo.

—¡La píldora del poder! —dijo Lucsus.

Migue sonrió.

—En realidad, su efecto varía según la persona, pero para ti y para mí es como una medicina que cura virus básicos. Da muchas calorías y te mantiene sin sed por mucho tiempo.

—En sí, no te da más fuerza. Solo hace que no te canses tan rápido, dándote más adrenalina. En tu condición, como medicina, solo limpiará tu organismo. Tendrás que tomar otras tres más.

Migue le dio a Lucsus tres píldoras adicionales.

—Toma, Lucsus.

—Muchas gracias… ¿Cómo puedo agradecerte? —dijo Lucsus con voz de sorpresa ante tanta amabilidad.

—No te preocupes. Yo también preferí vivir en la grieta y sé lo duro que es. Preferimos la grieta a la sociedad… Ella es muy injusta y malvada —dijo Migue con expresión melancólica.

Lucsus suspiró.

—Eso a veces pasa… Una consulta, ¿crees que me puedas enseñar a entrenar y cazar?

Migue le mostró su cuchillo.

—Yo como frutas, me defiendo y huyo de los animales. Esta grieta no es para cazar, es muy peligrosa. En cuanto reúna provisiones, me iré a un bosque donde no haya monstruos tan poderosos.

—Mi cuchillo es solo para protegerme y cocinar.

Lucsus pensó:

—Entonces… no es viable esta grieta…

Un atisbo de admiración pasó por los ojos de Lucsus.

—Es una persona admirable… Aun sin poder con estas bestias, sobrevive.

—¿Quieres acompañarme, Lucsus? —dijo Migue con expresión amable.

—No, gracias. Yo tengo mi norte.

Migue sonrió.

—Está bien. Solo recuerda que eres inteligente. Eso te servirá para llegar a tu destino.

—Está bien —respondió Lucsus.

Migue se retiró, pero antes de irse, le advirtió:

—En esta grieta, las bestias no siempre tienen grandes colmillos ni garras…

Lucsus y las chicas

Lucsus: "Todos hablan de destino y fe, eso ya es aburrido de tanto escucharlo."

Sin embargo, Migue tenía razón: los más peligrosos son los seres humanos, pensó Lucsus.

A los minutos, Lucsus sostiene la carta y comienza a distorsionarse; ondas se dibujan en su interior, armando una hermosa melodía.

Lucsus se pone de espaldas a un árbol y se queda escuchando la música que sonaba en la carta.

Seguía absorto en ella. Ya era de noche y ni ganas de comer tenía.

Al despertar al día siguiente, ya no era una melodía: la carta tenía un animal. Era un conejo.

Lucsus vio y dijo: "Mmm... ¿Acaso tengo que cazar a ese conejo? Bueno, veamos qué ocurre."

Se adentra en el bosque, mira en cada rincón y luego se sienta, quedándose quieto.

Al abrir los ojos, un conejo estaba a su vista.

No quería ni iba a matarlo, pero esto hizo que creyera aún más en la carta y en su poder. Así que extendió su mano y el conejo se acercó, lamiéndosela.

Lucsus se levantó y siguió su camino en el bosque. La carta ya no era un conejo, sino una daga.

Más adelante, mientras caminaba, vio que un leopardo estaba comiéndose a un sujeto. El hombre estaba muerto, aparentemente, porque estaba en trozos.

"Parece que el leopardo lo agarró antes por el cuello y lo destrozó por la garganta."

Lucsus: "No sufrió tanto... eso es bueno."

Pensó que quizás habría personas cerca.

"¿Puedo lanzarle piedras e incluso intentar buscar esa daga de la carta para enfrentar al leopardo? O quizás la daga la tiene el soldado… Espera, tengo una lanza", pensó Lucsus.

"Con esto es más que suficiente, solo tengo que tener agilidad para enfrentarlo. No quiero enfrentar a un leopardo, pero necesito continuar", murmuró y avanzó lentamente.

Aparentemente tranquilo, pero con los nervios y el corazón latiendo con fuerza, se acercó al leopardo.

Al llegar cerca, el leopardo le rugió.

"¡Ruuuuaaaahhhh!"

Lucsus se enfureció y gritó aún más fuerte.

"¡AHHAHAHHAHHAHAHAHA!"

El leopardo se asustó, echándose hacia atrás, y luego, como si hubiera tomado impulso, salió corriendo hacia Lucsus.

Lucsus, muy calmadamente, solo colocó la lanza enfrente, y el leopardo se alejó.

Lucsus le lanzó estocadas con la lanza, no muy amplias, para poder retomar la posición rápidamente por si el leopardo se lanzaba a mayor velocidad.

Un pensamiento pasó por su cabeza: Este animal es muy temible. Quizás se lance con todo y, de un solo mordisco, me saque fuera de combate.

Por otro lado, parece que soy más rápido que él, pues aún no me alcanza.

"Como lo imaginé, los animales son solo eso. No quiero tener que lastimarte, pero pareces no entender con palabras."

¡Bam! Le atinó una estocada en el cuerpo.

El leopardo se asustó y se alejó, quejándose por la herida.

Lucsus continuó avanzando hacia él, mostrando su temple sin un atisbo de duda.

El leopardo, al no sentir miedo sino determinación, retrocedió. Y entonces ocurrió una escena que sorprendió hasta al mismo Lucsus: el leopardo huyó.

Muy lejos.

Lucsus miró a su alrededor.

"Quizás una bestia mayor lo asustó…"

Al ver que no había nada cerca, dijo: "Ya estaría lleno si retrocedió con tanta facilidad. Creo que me salvé."

"Este felino es demasiado peligroso", pensó. "No puedo dejar que viva, si no, me matará luego… Pero, al fin y al cabo, solo se estaba defendiendo y comiendo. Además, no es como si pudiera perseguirlo aquí, en su hábitat."

La carta de Lucsus alumbró, y en ella aparecieron tres mujeres llorando en una cueva.

"Esta carta… Además de vibrar, ahora se actualiza sin que yo haya encontrado al objetivo pasado…"

Revisó al sujeto descuartizado, pero no logró ver el cuchillo.

Decidió buscar a las chicas por si necesitaban ayuda.

Miró alrededor y dijo:

"¿Dónde están? ¡Salgan ya! El leopardo está muerto."

Nadie salió, así que buscó por los alrededores hasta que notó un movimiento entre los arbustos y se dirigió allí.

Había tres chicas jóvenes, llorando y empapadas de sudor.

"¿Qué hacen aquí?", preguntó Lucsus.

Una de ellas, de cabello marrón, saltó y abrazó a Lucsus.

"¡Gracias por salvarnos! Estoy en deuda contigo", dijo.

Más atrás, las otras también le dieron las gracias.

Parecía que habían observado todo.

Lucsus: "Basta, solo me crucé por aquí."

Las chicas preguntaron hacia dónde se dirigía.

Lucsus: "No lo sé, pero solo seguiré en esta grieta y la cruzaré. ¿Y ustedes?"

Las tres respondieron al unísono: "Ejerceremos nuestra profesión."

"Mmm... Entonces, ¿qué hacen aquí?"

La morenita, con rulos negros, respondió:

"Nosotras no somos del país de los exiliados, solo somos de un pequeño pueblo. Así que decidimos participar en la Grieta de la Ambición… pero fue más aterrador de lo que pensamos.

Vimos cómo despedazaron a un sujeto delante de nosotras y no pudimos hacer nada…"

Lucsus: "Mmm… Claro. Igual, no podían hacer nada para salvar a ese sujeto."

La mayor de ellas, con la piel reseca, dijo:

"Ese sujeto nos quería hacer daño… Ese era su karma."

Lucsus sonrió y preguntó:

"¿Y por tu maldad? ¿Cuándo llegará tu karma?"

La mujer guardó silencio.

La chica de cabello marrón intervino, claramente para evitar que el ambiente se tornara incómodo.

"Me llamo Luz. ¿Y tú, cómo te llamas?"

Lucsus: "Un gusto, Luz. Me llamo Lucsus."

Luz señaló a la morenita de rulos negros.

"El nombre de ella es Natacha", dijo, y luego señaló a la mujer mayor.

"Y ella se llama Vieji."

Luz era una joven blanca de cabello marrón y sonrisa tierna. No parecía de las conversadoras, pero tenía mucha energía cuando hablaba con Lucsus.

Lucsus: "Entiendo… Bueno, seguiré avanzando. No sé si me van a seguir o si pueden solas."

"Te seguiremos. Vamos", dijo Luz.

Natacha estuvo de acuerdo, pero Vieji no parecía convencida. Sin embargo, al ver que las otras insistían, terminó sumándose.

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