La puerta de su oficina se abrió y cerró sin hacer ruido. Quizás no lo habría notado si no estuviera ya sentado en su silla, de frente a ella.
—Silencioso como siempre —dijo Tomás, dando un sorbo de su vaso—. Me preguntaba cuándo te enviarían a mí.
Alicia no había planeado venir aquí, no había planeado verlo. De hecho, quería evitarlo por completo. Especialmente después de la solicitud de Román, lo último que quería era ayudar a ese monstruo. Y sin embargo, aquí estaba.
Todo debido a un nuevo recuerdo que había emergido a la superficie de sus aguas turbias.
—Eso pasó hace mucho tiempo, ¿no? —respondió Alicia, inclinando la cabeza a un lado.
Tomás apretó la mandíbula.
—Creo que apenas tenía diecinueve en ese entonces —continuó ella—. Bastante ingenua, ¿verdad?
Alicia se movió frente a su escritorio. Se inclinó y recogió una pequeña esfera de cristal, haciéndola rodar entre sus manos.
—Ahora lo recuerdo todo —susurró con una sonrisa inocente.
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