Granger tomaba respiraciones profundas y dolorosas. Su sudor se deslizaba por su cuerpo, causando aún más dolor al entrar en las heridas abiertas que cubrían su cuerpo.
Había sido atado al poste del patíbulo con las manos amarradas sobre su cabeza. Le habían quitado la camisa, y su espalda recibió cada azote del látigo durante los primeros treinta latigazos. La carne se había desgarrado hasta dejar el hueso expuesto.
Tanto de su sangre había empapado el suelo bajo él que cuando lo giraron para recibir los otros veinte latigazos en el pecho, el guardia resbaló y cayó.
Granger se sentía cansado, débil.
Solo quedaban dos latigazos.
Cada golpe del látigo lo cortaba, lo hacía sangrar, quemaba contra su carne. Aun así, había logrado mantener su mente lo suficientemente clara para buscarla. Para mirar entre la multitud cada oportunidad que tenía.
¡Crack!
—Granger gritó. Estaba asombrado de que todavía pudiera.
Un latigazo más.
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