—Alfa Tomás disfrutaba enormemente al explicarme lo rápido que mi herida había sanado una vez que las últimas gotas de sangre del muchacho recorrieron mis venas —murmuró Caleb con resentimiento—. Decidió que la mejor forma de castigar mi intromisión era obligarme a ser parte de su repugnante crimen.
Bell ya no pudo retener las lágrimas.
—Él sabía que, como yo no era el Alfa de mi manada, no tenía derecho a interferir o actuar en su contra. Que mi trabajo era mantener la paz entre nosotros.
Bell levantó la vista por encima de sus rodillas. A través de su visión borrosa, vio su mandíbula y puños apretados. Aún estaba enojado por lo que había ocurrido, incluso después de cuatro años. Eso le dio un leve sentido de alivio.
—Pero él no me conocía —gruñó Caleb—. Lo ataqué en el acto.
Alfa Tomás era un hombre fuerte, un hombre cruel. Bell se sorprendió de que Caleb no solo lo había atacado, sino que había sobrevivido.
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