En la oscura y tormentosa noche de 1346, cuando el cielo se iluminaba con la deslumbrante lluvia de meteoritos de las Líridas, una carta urgente cortaba el viento, sellada con la solemne insignia de la orden de los Dominicos. Esta misiva, redactada con mano temblorosa, contenía la funesta premonición de Domingo, un venerable y sabio miembro de dicha orden, quien auguraba el ocaso del país de Santa Catha, sumido en las ominosas sombras de una peste inminente.
La caligrafía, apresurada y desesperada, portaba consigo el peso de un destino ineludible, la condena de miles de almas. Sin embargo, la advertencia llegó demasiado tarde. Los habitantes de Catha, consumidos por una enfermedad misteriosa, se encontraban atrapados tras las imponentes muralla María, abandonados a su infausta suerte por el duque Bosch, quien desestimaba con arrogancia la magnitud de la calamidad. "Es solo una pequeña gripe campesina", proclamaba, ignorante del desastre que se avecinaba.
El duque no previó la virulencia de la plaga ni la devastación que traería a los rebaños y cosechas, pilares de su nación. En cuestión de semanas, el pánico se apoderó de nobles y plebeyos por igual, propagándose con mayor celeridad que la propia enfermedad. Los médicos, superados en número y recursos, no podían contener la creciente marea de enfermos y moribundos.
En medio de aquel caos, a los pies de la imponente muralla Patria, en la atribulada ciudad de Hato Mayor del Rey, un comerciante, agitado y con los ojos desorbitados, irrumpió con la noticia de un desastre que aún no se había sonado en todo el país.
— ¡Les juro que es verdad! —balbuceaba el hombre, buscando ayuda entre los guardias, su voz áspera y temblorosa, revelaba su perturbación.
El general Martínez, con su mirada de acero, lo observó detenidamente.
— ¿Qué es todo este alboroto? —preguntó con tono severo.
— Este pobre diablo había galopado sin rumbo, profetizando una calamidad. Según su testimonio, se encontraba embriagándose plácidamente en la ciudad de Consuelo la noche anterior, pero esta mañana dice haber visto cómo todos los habitantes perecieron. Ha pasado por pueblos, ciudades y asentamientos gritando por ayuda —informó uno de los soldados.
— ¡No tengo tiempo para delirio de borrachera! Llévenlo al calabozo por alterar el orden público. Un día alejado del alcohol le hará bien —ordenó Martínez, su irritación era visible ante los delirios de un muerto de hambre—. ¡¡¡Aj, Lo que faltaba!!! Un desquiciado alterando a los habitantes, ¡como si no tuviésemos bastante con las revueltas!
— ¡Se los juro, los vi podrirse en cuestión de horas! ¡Todo lo que tenía vida: personas, animales, el pasto e inclusive las casas se pudrieron! —gritaba con desesperación mientras lo arrastraban al calabozo.
Mientras tanto, la creciente presión de los habitantes de Catha hicieron que el rey Desmond Tercero tomara cartas en el asunto. Convocó a los más eminentes doctores y científicos para enfrentar la "podredumbre", como se había bautizado a la plaga. Con la llegada de la primavera de 1347, el rey envió una petición a la OMS, solicitando la ayuda de los más distinguidos profesionales de la salud para salvar a Santa Catha de su infortunio.
Los elegidos para esta noble tarea eran Héctor Larel, Weliver Vidal, Joan González, Ezequiel Duarte y Benjamín Taveras, quienes, escoltados por la guardia real, se dirigirían al país de Orión. Allí, no solo contarían con el apoyo de la OMS, sino también con el del CDE y la CM, formando una alianza sin precedentes en la historia de la medicina.
— Gracias por atender este llamado —anunció Sir Gündir Blodcaf, secretario general y representante del rey—. Santa Catha enfrenta una crisis sin igual, y la situación se agrava con cada día que pasa. Lo que comenzó como una simple gripe se ha convertido en una endemia que amenaza con extenderse más allá de nuestras fronteras.
El jefe de gabinete, Thomás Liongard, tomó la palabra para detallar la gravedad del brote, que había escalado alarmantemente en poco más de un mes. Distribuyó folletos con datos desoladores: un 42% del ganado y un 17% de la población tras la muralla María habían perecido. El miedo se palpaba en el aire, y la infección amenazaba con desbordarse hacia la muralla Pátria.
La segunda página del folleto mostraba imágenes de los afectados, sus cuerpos en avanzado estado de descomposición, desconcertando incluso a los médicos más experimentados. La enfermedad, rápida y letal, planteaba una pregunta inquietante: ¿Se trataba de una sola dolencia?
— Este encuentro no es solo para discutir la situación actual —continuó Blodcaf—. Es un llamado a la acción. Los confinados no pueden salir, pero ustedes, los médicos, tienen la autorización real para entrar y buscar una cura. La calamidad que asola a nuestros hermanos podría pronto extenderse más allá de nuestras fronteras si no se detiene.
El capitán Eliazar Torres, líder de la Tercera División, prometió guiar y proteger a los valientes que se aventuraran en esta misión. La Clínica Mayo, agradecida al duque Bosch por su apoyo previo, se comprometió con la causa. La OMS, consciente de la magnitud del desafío, no dudó en ofrecer su colaboración.
Martínez había recibido un comunicado del duque Juan Bosch, una reasignación inesperada en la que se le solicitaba desplazarse al corazón de la muralla María, la ciudad bendecida por Dios y la ciencia, la ciudad de Santos.
— ¡Maldita sea! Estaba tan cerca... y ahora, reasignado otra vez a esta sucia muralla... ¡¡¡Coño!!! —maldijo mientras se tapaba el rostro con su mano.
La llegada a Santos fue breve, pero el caos que ya reinaba en la ciudad sería eterno. Una serie de explosiones ligadas al brote de la enfermedad mortal que había comenzado semanas atrás, alertó a las autoridades. Las sirenas no cesaban desde la noche anterior y, con ello, la petición de Bosch a Martínez. La ciudad estaba envuelta en llamas y desesperación, un frenesí incesante por detener la propagación del fuego que había consumido más del 60% de la urbe. Los habitantes culpaban a los revolucionarios de haber atacado el nosocomio San Nicolás de Bari. Eran tantos enfermos y heridos que no había más cupo en los hospitales de la ciudad; parte de los afectados fueron trasladados a otras ciudades cercanas.
— Señor Martínez, recibimos un notificado de que atacaron la ciudad Consuelo, no se sabe bien, pero sus habitantes están podridos y de un color carbunco que apesta a rayos.
— ¡Me estás jodiendo! ¡¿Ese pobre diablo tenía razón?!
— Señor, los guardias de la muralla envían un comunicado: La ciudad Hato Mayor del Rey fue vilmente atacada por los revolucionarios. No se sabe cómo o con qué, pero los habitantes están exterminados y explotaron dejando una masa oscura y pútrida.
Martínez no podía creer lo que estaba pasando, y todo esto justo después de su asignación en la muralla Patria. Pocos días después de su llegada a la ciudad de Santos, empezó el infierno que sumiría en un frenesí al país.
Bosch, en su afán de no creer en visiones oníricas, descartó la veracidad de aquella carta. Centrando toda su atención en el grupo que se alzaba en contra del rey, pues creía que ellos eran los responsables de tales actos.
— ¡Ah... tonto duque! —se lamentaba Bosch, quien no podía hacer más que observar el caos—. En poco tiempo, la escasez de comida se convirtió en el principal problema; al mes siguiente, los animales malnutridos y enfermos perecían. Las plantas se marchitaban y, poco a poco, la histeria colectiva se volvía más y más fuerte, con saqueos constantes y violencia desmedida que solo creaba el escenario perfecto para el caos.
Catha, país de grandes sueños y envidias, se convirtió en el epicentro de una endemia que amenazaba con extinguir a todos los habitantes del continente de Daemos. Bosch decretó el confinamiento de la muralla María, la única que limita con los demás países, siendo respaldado por el rey, quien ordenó ejecutar a todo el que intentara salir, dejando prácticamente prisioneros a todos los habitantes del país. En menos de cuatro meses, la muralla Patria reportó un significativo porcentaje de infectados, dejando a la muralla Minerva como la única en no sucumbir ante la enfermedad.
Un mes antes del primer aniversario de la endemia, el equipo estaba listo para partir desde el castillo hacia el país de Catha, decididos a enfrentar lo desconocido y a brindar esperanza a un pueblo asediado por la sombra de la muerte.
próximamente haré encuestas, preguntas y debates en TikTok y Instagram.