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1 Prólogo

Parece que el atardecer a duras penas ha logrado colarse entre las altas y translucidas ventanas que adornan el salón de estudio del Palacio, es ahora cuando el frio se hace sentir con mas fuerza y por tal razón disfruto de la calidez que emana de una taza de té, la habitación es inundada por completo con un suave aroma a clorofila fermentada y a frescas esencias florales, y sobre un acolchonado sillón disfruto de un sorbo mientras observo como juegan aquellos tres preciados niños que están bajo mi cuidado.

—¡Miren, vengan a ver! En esta tableta está nuestro Planeta dibujado en 3D —Kiharu es el hijo menor del Gran Halu, es un niño de apenas 600 eclipses con Luham. Hoy me comprometí a cuidarlo junto con su hermano Handul, quien es 200 eclipses menor que él y mucho más temperamental.

—Claro que no lo es, Kiharu. Mikadea es rojizo, y ese es como amarillento —Handul extiende sus manos en lo alto—. ¡Ese planeta es el gigante Vezto! —Handul nunca pierde la oportunidad para corregir o por lo menos contradecir a su hermano mayor.

—Pero ¿qué es lo que dicen esas letras, mami?  —me pregunta mi mayor tesoro, la portadora de unos hermosos ojos dorados y mi única hija desde hace 400 eclipses, Ashtaria.

Los tres niños fijan sus ojos en los míos y lo aprovecho para llamarles haciendo señas con mi mano. Como los niños obedientes que son, vienen a mí de inmediato, trotando y produciendo un rechinar sobre los maderos que conforman el suelo.

Kiharu se detiene frente a mí, estira sus pequeños brazos para entregarme la tableta de ilustraciones 3D y luego se sienta en el suelo, justo a un lado de los otros dos niños quienes esperan callados y con rostros impacientes el inicio de mi lectura.

Al activar la tableta, un sistema holográfico se suspende sobre el aire, pequeñas imágenes se proyectan con hermoso y brillantes colores para representar nuestro sistema planetario.

—Mikadea, aquel planeta que hace 600 millones de órbitas se dejó fertilizar con la semilla de la vida, iniciando su etapa evolutiva bajo enormes capas de hielo, entre aguas heladas y en la precisa lejanía de una estrella joven. Estos fueron los cimientos de nuestro hogar, nuestro planeta de nombre Mikadea, planeta que hace 200 millones de órbitas después derritió sus hielos y calentó sus suelos producto de aquella estrella que había dejado de ser joven, todo para convertirse en una rebelde y gigante estrella roja.

—¡Wow, esa es nuestra estrella! —Kiharu se sorprende al ver como aparece proyectada nuestra estrella—, ¡es la gigante roja!

—¡Ya cállate, Kiharu! —Handul regaña a su hermano con un ceño fruncido y luego me asiente para que continúe leyendo.

—Así fue como la zona habitable nos alcanzó y nos permitió salir de las aguas para aprender y adoptar una nueva forma de vida. Salimos a explorar nuestro nuevo y cálido mundo, arrastramos nuestros pechos sobre el suelo, amamos el calor y crecimos bajo el cielo y las estrellas. No importaba que solo fuéramos unas pequeñas e indefensas criaturas, este planeta nos forzó a evolucionar entre calamidades atmosféricas y accidentes cósmicos, este planeta nos formó como seres fuertes e inteligente.

—Mami, no entendí algo.

—¿Qué, corazón?

—¿600 orbitas es mucho tiempo?

—Una orbita equivale a 2500 eclipses con Luham —Kiharu es tan inteligente como su hermano, incluso, lo dice mostrando un chistoso rostro intelectual—. si se multiplica eso por 600 saldrá una cifra enorme —dice haciendo énfasis en la palabra «enorme».

—Bien, Kiharu. Gracias por tu explicación. ¿Bueno, continuamos?

—¡Sí! —los tres me responden y yo continúo leyéndoles.

—Ahora somos producto de esa fortaleza de miles de civilizaciones que han tratado de sobrevivir a un destino…

Mi lectura es interrumpida por el agudo estruendo que hacen los ventanales al quebrarse, cientos de diminutas partículas de vidrios se esparcen frente al resplandor del azafranado atardecer, y entre todo ese revuelo vemos entrar a dos seres extraños perfectamente erguidos, estos seres eran de piel escamosa y verdosa.

—¡¡Mami!! —el grito aterrado de mi pequeña resuena y alerta mis sentidos.

Me levanto del sillón a la mayor brevedad posible, y con una valentía que desconocía tener, me pongo frente a los niños dispuesta a intentar cualquier cosa para protegerlos.

—Corran bajo el escritorio —les digo suavemente para no sonar asustada.

Los niños hacen caso inmediato, corren y se escudan bajo el grueso madero del escritorio, Puedo escuchar sus reprimidos llantos, se mantienen fluyendo en un angustiado y tembloroso timbre de voz… No hace falta ver sus lagrimas para sentirme fuerte, no hace falta ser parte de la fuerza élite ni de la fuerza armada para convertirme en una heroína, solo soy una simple ciudadana que intentará convertirse en la mujer valiente que estos niños necesitan.

Ambos intrusos se ponen en posición para atacarme, fruncen el ceño con cierta malicia resaltado aquel vacío abismal que caracterizan sus ojos. Dan el primer paso inclinados para correr y así, a gran velocidad les veo venir contra mí, sus manos metamorfoseas se transformas en dos peligrosos punzantes y mis manos alcanzan dos sables que reposaban sobre la pared. 

De repente se escucha como la puerta del estudio abre de un desliz, al buscar con la mirada me encuentro a aquella mujer de armadura metálica que conozco muy bien.

—¡¡Yafany!! —me grita Friina, mi mejor amiga, la que siempre aparece para salvarme. Es ella la reina de Mikadea, miembro de la élite, esposa de Halu y madre de Handul.

Friina Ha intentado alertarme del peligro con un gesto angustiante, pero sin dar tiempo, el puñal de aquel ser repugnante alcanza mi costado, y duele…,, siento como cada órgano alcanzado se retuerce dentro de mí. ¡¡Duele mucho!!

—¡¡No!! —escucho gritar a Friina y a los niños en medio de mi trágico y agonizante desenlace.

Aún cargando con todo ese dolor y con un equilibrio desastroso decido blandir el sable usando todas mis fuerzas y apuntando sobre su cabeza, pero al intentar partir su cráneo, ni siquiera logro hacerle un rasguño, el sable se estremece por completo provocando una horrible corriente sísmica por todo mi brazo.

Entonces caigo al piso al dejar de sentir mis piernas. Ni mis manos, ni mis dedos reaccionan. Mi corazón late de manera descontrolada y mi respiración empieza a entrecortarse. Friina se lanza sobre aquel contrincante que está a punto de terminar conmigo y con una gran patada lo aparta de mí.

—Mamá, no te mueras… No quieto estar sola, mami…  —mi pequeña se escucha ahogada en llanto, desearía que no estuvieran aquí, viviendo todo esto.

«Ashtaria, lo siento tanto, mamá no podrá seguir leyéndote al atardecer».

Todo sobre el techado parece tambalearse de un lado al otro, puedo sentir como la sangre sube por mi garganta, y con su sabor, llega el líquido a mi boca que se derrama fuera de mí. Inclino el rostro y encuentro a los tres niños bañados en lágrimas bajo el escritorio. De forma imprevista les veo exaltar sus ojos bajo un rostro sumergido en un pánico extremo.

—¡¡MAMÁ!! —Handul grita mientras se pierde en el terror y en una ansiedad desenfrenada; entonces comprendo que Friina ha perdido su batalla…

—¡Escúchenme los tres! —entre mis sollozos me esfuerzo para dejarle algunas palabras, aun cuando se me complica respirar —cuídense entre ustedes: Kiharu, Handul —toso al sentir como me ahogo con la sangre—. Cuiden bien de Ashtaria. Ashtaria, jamás los abandones.

Mi agonía aumenta al sentir como otro punzón atraviesa por completo mi tobillo, aún con mi visión borrosa puedo ver su verde silueta frente a mis pies. Con el punzón atravesando mi tobillo deciden jalar haciendo que suelte un grito agonizante, y justo cuando están por cortar mi cuello veo una veloz ráfaga de destellos dorados sobre una silueta varonil.

—¡¡DEJENLA!! —entonces es él…, puedo reconocer su voz aún con ese tono de voz lleno de cólera y tristeza.

—¡¡Papá!! —gritan Kiharu y Handul al ver llegar a su padre.

He perdido mi visión, todo es oscuro…

—¡Sí, así se hace papá! —al parecer Halu lo ha conseguido, ha salvado a los niños...

—Halu, por favor…

—¡¡Yafany, resiste!! No te vayas.

«Mi pequeña Ashtaria, espero y logres alcanzar una larga vida».

—Halu, cuida de Ashtaria… como si fuera…

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