1 Capítulo I. El comienzo.

Es un día un tanto extraño en el bar que manejo, hay muy poca gente a pesar de que es de noche, pero es comprensible, los lunes son días muy aburridos y calmados para todas las personas. Supongo que al haber poca gente, cerraré temprano el lugar.

Mi rol es estar a cargo de la barra del bar, lo que me daba una impecable vista de todo el lugar. La taberna es un lugar muy cálido, a donde vas a tomar unos tragos para celebrar algo con tus amigos sin excederse mucho, para descansar de un largo día de trabajo y otras cosas. No vienen mucha gente joven, por el hecho de que no se pueda bailar, el entorno es más maduro y por otras cosas.

La superficie del lugar es un tanto rectangular, pero la posición de todos los muebles y el adornado lo hacen más sofisticado. La barra de madera oscura está colocada en un rincón del lugar en forma de la corona de un diamante. Y a lado de la barra están dos puertas que se abren para ambos lados. A lo largo de las paredes hay cabinas con cómodos sillones, y en un rincón del bar, hay una plataforma con un hermoso piano de cola color negro encima.

[...]

-Hasta luego, espero que vuelvan pronto- decía cordialmente mientras dos hombres salían por la puerta principal haciendo sonar una campanita que retumba cuando se abre y cierra la puerta.

Al fin, era hora de cerrar, todos terminaron de limpiar y acomodar todo, así que podían marcharse a sus hogares. Sólo me iba a quedar a limpiar lo que estaba sucio de la barra. Todos los demás ya se habían marchado, sólo quedaba yo en el bar.

-Hasta luego, jefe. Que descanse- dijo una dulce voz de mujer. Era de María, una de mis empleadas, una joven chica con cabello largo de color café y unos hermosos ojos del mismo color.

Me sorprendió escuchar su voz, pensé que ya se había ido como sus compañeros. Al verla fijamente, pienso que ha cambiado bastante desde que entró a trabajar al bar, ahora parece una completa experta.

-Hasta luego, ¿ya llegó tu padre?- pregunté.

-Está afuera, nos vemos mañana.

Después de que se fuera María, continué lavando algunas copas sucias que quedaron. Entonces, escuché sonar la campanita de la puerta y con ello entró una hermosa mujer rubia con un par de ojos color verdes. Vestía una sudadera blanca con una americana blanca con algunos bordos en negro, un pantalón de vestir negro y unos tacones.

Tenía una mirada seria y se veía con muy pocos ánimos, aunque no me sorprende, siempre llega así de su trabajo.

Ella caminó hacia la barra y se sentó en el banco de madera alto que estaba delante mío, apoyó sus brazos sobre la barra y recostó su cabeza en estos.

-¿Cómo te fue en el trabajo?- le pregunté amablemente.

-Bien, te extrañé todo el día- me decía con desgano- ¿Me puedes preparar algo?- preguntó sin levantar la cabeza.

-Claro, ¿no tienes hambre?- pregunté.

-Si, ¿también me podrías preparar algo para cenar?

-Claro.

Rápidamente, tomé una copa e hice un delicioso cóctel sin alcohol con las cosas que tenía en la barra. Se lo di y caminé directo a la cocina, que estaba detrás de una puerta en un pasillo del bar a lado de la barra. Encendí la luz del pasillo, al fondo de este había unas escaleras que daban al almacén y a un costado del pasillo había un gran marco donde se colocaban los platos que estaban listos para entregarse, entré a la extensa cocina y me puse frente a una de las parrillas. A lado de estas, había una bolsa de carbón que ya había sido usada pero quedaban algunos pedazos, quité la parrilla y en un espacio pequeño puse el carbón y con ayuda de hojas de papel y aceite vegetal encendí el carbón, el cual era un carbón especial que estaba hecho de los barriles donde una vez estuvo guardado un whiskey de la mejor calidad, dándoles un toque de sabor y aroma a lo que se estaba cocinando.

Espere a que se calmaran las brasas, luego coloqué un sartén donde puse papas en cubos junto con espárragos y otras especias, luego puse un corte New York en la parrilla. En quince minutos ya estaba todo listo en un plato y se lo llevé a Elizabeth, que estaba revisando su celular.

-Muchas gracias- dijo con una sonrisa después de entregarle el plato- ¿Tú no vas a comer?

-No tengo hambre- le contesté.

Elizabeth me vio con una preciosa sonrisa y comenzó a comer, yo la veía con felicidad, verla hacía que todo lo que hago por ella valiera la pena.

-Iré a limpiar la cocina.

-Está bien, no tardes mucho- me dijo.

Tardé un poco en guardar y limpiar todo lo que había hecho, cuando regresé, Elizabeth se había comido todo el plato y estaba lavando el plato y su copa, se había quitado su americana para no ensuciarla, después de lavar todo puso las cosas sobre la barra y yo las acomodé en su lugar.

-¿Nos vamos?- le pregunté.

-Claro.

En lo que yo apagaba las luces y cerraba la taberna, Elizabeth condujo el carro hasta la entrada desde el estacionamiento del bar.

-Si quieres, yo manejo y tú descansas un rato- le dije por la ventana del copiloto.

-Está bien.

No tardamos mucho en llegar al edificio donde estaba nuestro departamento, pero cuando llegamos, ella ya se encontraba dormida. Estacioné el coche y me bajé de este, caminé a la puerta de Elizabeth y la abrí. A pesar de que el carro ya no estaba encendido, ella seguía sin despertar, y no me gustaba mucho despertarla después de su día de trabajo. La tomé en brazos sin agitarla mucho y caminé hasta las puertas del edificio.

Las puertas son automáticas, así que no tuve problema en pasar. Al pasar por la recepción, el portero me saludó con una sonrisa. Nos subimos al elevador y llegamos al piso de nuestro apartamento, lo abrí y con Elizabeth en manos, encendí la luz de la sala de estar. La llevé hasta nuestra habitación y sin encender la luz, con delicadeza, la recosté en la cama y le quité sus tacones.

Me acerqué a ella, le di un beso en una de sus mejillas y me di media vuelta. Antes de que me fuera, Elizabeth me jaló de la camisa de botones negra que llevaba puesta.

-Duerme conmigo- me dijo con dulzura.

-Está bien.

Rápidamente saqué mi celular del bolsillo, puse una alarma y coloqué el celular en una de las mesas de noche que hay en cada lado de la cama. Luego, me acosté en mi lado de la cama, y aún con la oscuridad, pude apreciar su bello rostro gracias a una tenue luz que llegaba de la sala.

-Te amo- me dijo sin abrir los ojos.

-Yo también- le respondí.